Era una niña con cuerpo de mujer, lo estaba conociendo y adaptándose a el.
Sus cartas habían despertado toda la fantasía en ella y un deseo incontenible. Su cuerpo emanaba sexo, su mirada, su forma de moverse, todo lo hacia pensando en el.
Se hacían el amor entre prosa y verso. Cada carta era una inyección de adrenalina que le estremecía el cuerpo. Solo deseaba encontrarse con el.
Pasa el tiempo y por fin concuerdan con el momento esperado.
Ella respiraba agitada y su cuerpo sudaba como gotas de rocío sobre cual rosa que se abre al alba. Su presencia le pareció grande, muy grande, no por tema de tamaño sino por su masculinidad que le emanaba de cada poro de su ser.
Sin palabras comienzan a hablarse con los labios. Sus bocas eran el gran teatro de la danza de sus lenguas. El recorría con sus manos, las dunas de su cuerpo. Se apretaba contra ella en la pared, quería sentirla, escuchar su respiración jadeante, beber la salvia de su cuerpo.
Ella lo presionaba contra si misma, trayendolo de la cintura, apretándole la espalda con la yema de sus dedos. No lo quería soltar y en cada beso que le daba le hacia el amor con su boca.
Sus cartas habían despertado toda la fantasía en ella y un deseo incontenible. Su cuerpo emanaba sexo, su mirada, su forma de moverse, todo lo hacia pensando en el.
Se hacían el amor entre prosa y verso. Cada carta era una inyección de adrenalina que le estremecía el cuerpo. Solo deseaba encontrarse con el.
Pasa el tiempo y por fin concuerdan con el momento esperado.
Ella respiraba agitada y su cuerpo sudaba como gotas de rocío sobre cual rosa que se abre al alba. Su presencia le pareció grande, muy grande, no por tema de tamaño sino por su masculinidad que le emanaba de cada poro de su ser.
Sin palabras comienzan a hablarse con los labios. Sus bocas eran el gran teatro de la danza de sus lenguas. El recorría con sus manos, las dunas de su cuerpo. Se apretaba contra ella en la pared, quería sentirla, escuchar su respiración jadeante, beber la salvia de su cuerpo.
Ella lo presionaba contra si misma, trayendolo de la cintura, apretándole la espalda con la yema de sus dedos. No lo quería soltar y en cada beso que le daba le hacia el amor con su boca.
Querían arrancarse la ropa, sentirse la piel, el peso de sus cuerpos, y estar húmedos de placer, teniendo el sabor a sexo.

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